¿Quién se lo está perdiendo?

Una tarde más, estoy esperando a que Sergio termine sus clases. Los alumnos de secundaria, al tener la jornada más larga, son los últimos en salir. Poco a poco se va vaciando el patio y apenas quedamos padres esperando para recoger a nuestros hijos.

Cuando es la hora, comienzan a salir los primeros alumnos. Yo me coloco a “porta gayola” para evitar que Sergio se ponga nervioso si no me ve enseguida.

Los chialumnos-entrada-colegio-efecos van saliendo en grupo, por parejas o tríos y el patio vuelve a llenarse de voces y risas de estos adolescentes que celebran que por hoy se hayan acabado las clases.

Los veo bromear entre ellos, empujarse y compartir alguna imagen o mensaje en el móvil que todos se apresuran a sacar de sus mochilas nada más pisar el patio.

Viendo como se van alejando hacia la puerta para marcharse solos a casa no puedo evitar sentirme un poco triste. Triste por la poca autonomía que tiene mi hijo pese a sus 13 años. Triste porque me gustaría que Sergio formara parte de alguno de estos grupos y darme cuenta de lo poco que tiene en común con estos chicos. Triste al pensar en todas las cosas que se pierde por no relacionarse con sus compañeros, porque no tenga planes para el fin de semana ni quedadas para ir al cine o jugar a la play, y triste porque mi hijo todavía no haya experimentado lo que significa la palabra AMISTAD.

Y mientras limpio con rabia de mi mejilla alguna lágrima rebelde, pienso que ese sentimiento de pérdida es sólo mío y que mi hijo a día de hoy no lo tiene. De momento parece que no necesita tener amigos, no se lamenta porque su hermana vaya a fiestas de cumpleaños o a jugar a casa de una amiga y a él no le ocurra lo mismo.

El es feliz en el cole, con sus libros, jugando con la tablet o viendo sus vídeos preferidos en YouTube. Y, pensando esto, no puedo evitar preguntarme ¿me siento triste por lo que mi hijo se está perdiendo o por lo que me gustaría a mí que no se perdiera?

Hay veces que nos empeñamos en pensar que lo que necesitamos o nos gusta a nosotros debe ser lo mismo que necesite o le guste a él y la realidad del día a día siempre nos dice que no.

Por fin sale Sergio, arrastrando la mochila y todo descamisado. Al verme sonríe y esa sonrisa borra de un plumazo toda la tristeza que segundos antes me invadía. Tras darme un beso, rapidamente pregunta: ¿Me has traído empanadillas para merendar? Claro cariño, aquí las tienes.

Los martes siempre toca merendar empanadillas.

 

6 comentarios sobre “¿Quién se lo está perdiendo?

  1. Me ha gustado mucho el post. Es un texto precioso, pleno de cariño. Coincido en que hay muchas maneras de ser feliz y hay que aceptar esa riqueza que es la neurodiversidad. Al mismo tiempo lo daba vueltas y me quedaba con ganas de comentar contigo. ¿No crees que es bueno trabajar esa sociabilidad? Conseguir que sus compañeros le conozcan, le entiendan y le incluyan. Lograr que él también descubra a los “otros”, que avance hacia la máxima autonomía, que vaya trabajando habilidades que le permitan la mayor integración social y laboral. Sé que no es fácil y lo maravillosos que son como son pero también ese deseo de que alcancen todo su potencial. Perdona el rollo y ¡se me ha hecho la boca agua con esas empanadillas! Un saludo muy cordial

    1. Hola José Ramón, me alegro que te haya gustado el post. Estoy completamente de acuerdo contigo en la importancia de trabajar la sociabilidad y es algo que estamos haciendo, pero vamos aprendiendo a respetar sus ritmos. Al principio nos agobiaba en exceso y en ocasiones creo que forzamos, con nuestra mejor intención, la interacción con otros compañeros.
      Ahora vamos poco a poco, en periodos cortos de tiempo con algún compañero de clase o del centro donde va a terapia. De hecho está congeniando bastante bien con otro chico Asperger al que ya denomina amigo y es una gozada ver cómo empiezan a relacionarse, a interesarse el uno por el orto y a respetar sus respectivas formas de ser.
      Creo que es un buen comienzo.
      Mil gracias por tu comentario.
      Un saludo

  2. Hola Martha,
    Como hermana pequeña de niño diferente, me has arrancado unas lágrimas al evocar sensaciones enterradas. Con el tiempo lo miro y estoy de acuerdo, nuestro concepto de felicidad no tiene porqué ser la de ellos. Lo mejor, las empanadillas del martes y la complicidad que te une con él, esos momentos de felicidad cuántica, las canciones en el
    Coche, la simplicidad de la vida. Un beso Martha

    1. Hola Inma,
      Me alegro que te haya gustado el post incluso que te haya emocionado. Al tener un hermano especial es más fácil que entiendas cómo me siento. Estoy totalmente de acuerdo contigo, nuestro concepto de felicidad no tiene porque ser la de ellos pero esto es algo que a muchos familiares nos cuesta entender. Cada uno debe buscar su propia felicidad y esa es la misión más importante que tengo: intentar que mi hijo sea feliz.
      Un beso y gracias por tus palabras

  3. Totalmente de acuerdo…siempre creemos que a nuestros hijos les deben gustar ciertas cosas porque son las que socialmente son “normales” para esa edad….aprendamos a vivir en la diversidad,aprendamos que cada uno es feliz a su manera!!!!

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