¿Alguien me escucha?

fonen

Cuando a unos padres les dan el diagnóstico de autismo se les viene el mundo encima.

A nosotros nos pasó cuando Sergio tenía unos 4 años. En su segundo año de guardería, las profes nos advirtieron de que algo no iba bien, ese algo que notábamos desde hacía un tiempo.

No nos miraba a los ojos, evitaba nuestra presencia y cuando queríamos retenerlo a nuestro lado nos decía que quería estar solo. ¿Solo? ¡Pero si tiene 3 años! ¿Cómo va a querer estar solo? Se levantaba y era como si no estuviéramos, no había beso, ni saludo, ni casi mirada por las mañanas. Se pasaba el día hablando de aquí para allá sin importarle lo que ocurriera a su alrededor y, lo más duro para unos padres, parecía que no nos necesitaba.

Día a día veíamos como perdíamos a nuestro hijo. Se alejaba de nosotros hacia un mundo interior que no comprendíamos y al que no éramos invitados.

Después de meses de incertidumbre, el diagnóstico fue una liberación, por fin sabíamos a qué nos enfrentábamos. Por otra parte, fue un golpe tremendo: la palabra autista, transmitida con la frialdad que lo hizo la psicóloga de Atención Temprana del Centro de Salud, y nuestra  ignorancia de entonces sobre el autismo, nos hizo pensar en un niño que se da cabezazos contra la pared. Me negaba a querer admitir que ese era el problema de mi pequeño.

Con el tiempo, la ayuda de las terapeutas, las charlas con otros padres en situaciones similares y todo lo que aprendimos por nuestra cuenta, fuimos descubriendo que el autismo es en realidad un espectro, en el que se dan distintos grados y en el que ninguna persona afectada es igual a otra.

Todas las pruebas médicas, analíticas, entrevistas, el ir de un especialista a otro hasta encontrar los profesionales adecuados… fue agotador. Pero, gracias a eso, logramos recibir un diagnóstico precoz para empezar a tratar y trabajar con nuestro hijo. Otros niños no son tan afortunados, sus familias no ven o no quieren ver lo que les pasa y los profesionales a los que acuden, bien sea por falta de formación en el autismo o por tiempo insuficiente, no son capaces de detectar las señales de alarma en niños tan pequeños.

Existe gran desconocimiento por parte de la población en general sobre el autismo. Los padres angustiados que piden ayuda para un hijo al que no entienden y que, además, se creen culpables de todo, merecen ser escuchados.

Como nos dijo la psicóloga del colegio en la primera entrevista que tuvimos: “nunca he trabajado con niños autistas pero, desde el amor y el cariño, ayudaré en todo lo que pueda a vuestro hijo”. El amor, esa es nuestra mejor arma.

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